lunes, 30 de noviembre de 2009

Un partido llamado Psuv

Un partido llamado Psuv
José Vicente Rangel
¿U n partido para qué? Es la pregunta que hay que hacerse a la hora de fundar un partido político o de militar en él. Sin darle muchas vueltas al asunto la respuesta, a mi juicio, está en la necesidad de establecer una relación entre la sociedad, los ciudadanos y la política. Es decir, construir un espacio en que lo individual conecte con lo colectivo. Cualquier reflexión sobre el tema es válida y por eso hay que recurrir a ejemplos históricos y a la praxis. Por ejemplo, es inconcebible, en el ámbito del pluralismo consagrado por la Constitución Bolivariana, accionar políticamente sin partido. Una democracia está asociada con la idea de partidos. Se me dirá entonces, ¿y es que acaso en una dictadura no los hay? Hay en singular. Lo que indica que el partido como tal es indispensable para el logro de determinado proyecto político, ideológico, social. Por eso no existe nada más reaccionario y peligroso que el rechazo elemental, a priori, sin opción, al partido y la invocación en abstracto de otras formas de organizarse para participar en política. Pero el partido, su idealización o utilización con propósitos contrarios al rol que está llamado a cumplir, también es un desafío.
En Venezuela hay casos concretos que, por conocidos, no vale la pena enumerar. Sólo me interesa señalar que el partido fortalece o enerva, con sus actuaciones, los fines para los cuales es creado y lleva dentro de sí la semilla de su desarrollo o extinción.
Un libro publicado recientemente, La democracia traicionada, cuyos autores son Carlos Raúl Hernández y Luis Emilio Rondón ­socialdemócratas con definidas posiciones contrarias al actual proceso venezolano­ aporta interesantes consideraciones sobre el tema. Es un intento bien estructurado por reivindicar el partido, los de la IV República, y de atribuir la responsabilidad del acceso de Chávez a la Presidencia de la República y a la etapa que se inició en 1999, a factores hostiles a las instituciones partidistas. Lo que Hernández considera en la introducción del libro ­"El silencio de los inocentes"­, "la traición a la democracia por gran parte de quienes debieran haber sido sus contrafuertes, grupos ilustrados y poderosos que podían conocer a cabalidad los riesgos que confronta la vida civilizada ante el asedio de movimientos redentoristas o morales" (no los nombra, pero el retrato hablado es suficiente para identificarlos, a la vez que advierte sobre lo que sucede de nuevo en estos días en la oposición), es un planteamiento desarrollado por los autores únicamente en función del papel que jugó la prédica antipartido y la apología de la llamada "sociedad civil" en el desplome del sistema bipartidista de Punto Fijo. Obvio que no lo comparto, pero es válido para quienes niegan que la responsabilidad ­en la etapa en que se gestó la reacción popular que llevó a Chávez al Gobierno a través de elecciones­ fue de los partidos que dominaron por décadas la escena nacional. Opiniones así, sin duda respetables, son parte del debate sobre la institución partidista, su vigencia o no, sus fortalezas y debilidades, pero que al mismo tiempo soslayan, deliberadamente, las razones sociales, políticas, ideológicas y culturales por las cuales el chavismo se impuso en el país. Eso obliga a estudiar el tema en profundidad para evitar que se silencie la responsabilidad de los partidos al atribuir lo sucedido a factores de otro tipo causantes de consumar la "traición a la democracia". ¿De qué democracia se habla y de qué traición? La traición, en esencia, fue de los partidos, que vendieron el alma al diablo.

La reflexión que procede es un alerta al Psuv, el de mayor caudal de militantes e influencia social y política en el país ­el más importante de la región­. El Psuv tiene la misión de recoger y canalizar la solidaridad que despierta la figura e iniciativas políticas de Chávez, lo que de por sí constituye un compromiso colosal.
Puede ser un partido orgánico, de masas, para dar continuidad al proceso revolucionario o convertirse en frustración. Lo que actualmente es fortaleza, estar ligado a la gestión de gobierno, pudiere tornarse en rémora. El riesgo de partido burocrático, instrumentalizado desde el poder, es grande. Si sucumbiera ante esa perspectiva, correría la misma suerte de los partidos puntofijistas que, en su momento, fueron esperanza y que luego, por el efecto letal de la traición a los principios y la corrupción, murieron en vida. Importante es que exista un partido que garantice la conexión entre acto de gobierno y pueblo, talón de Aquiles de la práctica política. Y sería trágico que su destino fuera el de consumar otra frustración colectiva. Por ahora hay que apostar a la capacidad del liderazgo pesuvista para sortear obstáculos y mantener la lealtad a la causa popular y al proyecto socialista.

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