domingo, 14 de febrero de 2010

FELIZ DIA DE LOS ENAMORADOS

A todos los Camaradas ¡Feliz día de las enamoradas y de los enamorados!

BOLIVAR ENAMORADO
Este fragmento es el testimonio de Simón Bolívar sobre el “incidente del zarcillo” (*) que tuvo con la quiteña Manuela Sáenz, con quien vivió un intenso romance. Fue recogido por Perú De Lacroix.
Este general francés batalló en el ejército de Napoleón primero, en Europa, y en el de Simón Bolívar. Su amistad con el Bolívar lo convirtió en uno de los testigos oculares de las vivencias del Libertador.
“Su excelencia se levantó hoy con un poco de ánimo de salir de paseo a caballo. Regresó más alegre y conversador; así que aproveché para que me hiciera algunas confidencias sobre sus sentimientos de él acerca de mi señora Manuela:
¿Me pregunta usted por Manuela o por mí? Sepa usted que nunca conocí a Manuela. En verdad, ¡nunca terminé de conocerla! ¡Ella es tan, tan sorprendente! ¡Carajo, yo! ¡Yo siempre tan pendejo! ¿Vio usted? Ella estuvo muy cerca, y yo la alejaba; pero cuando la necesitaba siempre estaba allí. Cobijó todos mis temores…
“Su excelencia hizo aquí una pausa y luego pronunció: ¡Siempre los he tenido, carajo! Se interrumpió y me miró suplicante, fijamente, como tratando de averiguar algo. Bajó la cabeza y pensé que se había dormido; pero empezó nuevamente hablar.
Usted De Lacroix la conoce: ¡Todos, todos la conocen! No, no hay mejor mujer. Ni las catiras de Venezuela, ni las momposinas, ni las… ¡Encuentre usted alguna! Esta me domó. Sí, ¡ella supo cómo! La amo. Sí, todos los saben también. ¡Mi amable loca! Sus avezadas ideas de gloria; siempre protegiéndome, intrigando a mi favor y de la causa, algunas veces con ardor, otras con energía. ¡Carajo! ¡Ni las catiras de Venezuela, que tienen fama de jodidas!
Mis generales holgaron en perfidia para ayudarme a deshacerme de mi Manuela, apartándola en algunas ocasiones, mientras que yo me complacía con otras. Por eso tengo esta cicatriz en la oreja. Mire usted (enseñándome su grande oreja, la izquierda, que tiene la huella de una fila de dientes muy finos, y, como si yo no supiera tal asunto), este es un trofeo ganado en mala lid: ¡en la cama! Ella encontró un arete de filigrana debajo de las sábanas, y fue un verdadero infierno. Me atacó como un ocelote, por todos los flancos; me arañó el rostro y el pecho, y casi me mutila. Yo no atinaba cuál era la causa o argumentos de su odio en esos momentos y, porfiadamente, me laceraba con esos dientes que yo también odiaba en esa ocasión.
Pero tenía ella razón: yo había faltado a la fidelidad jurada, y merecía el castigo. Me calmé y relajé mis ánimos y cuando se dio cuenta de que yo no oponía resistencia, se levantó pálida, sudorosa, con la boca ensangrentada y mirándome me dijo: ‘¡Ninguna, oiga bien esto señor, que para eso tiene oídos: ninguna perra va a volver a dormir con usted en mi cama! (enseñándome el arete) No porque usted lo admita, tampoco porque se lo ofrezcan’. Se vistió y se fue.
Yo quedé aturdido y sumamente adolorido, que en llamando a gritos a José, y entrando este, pensó que yo había sido víctima de otro atentado. En la tarde regresó debido a mis ruegos.
Le escribí diez cartas. Cuando me vio vendado claudicó, al igual que yo, en la furia de los instintos. Todo en dos semanas fue un delirio de amor maravilloso bajo los cuidados de la fierecilla.
¿Usted qué cree? ¡Esto es una clara muestra de haber perdido la razón por el amor! El gran poder está en la fuerza del amor. Sucre lo dijo.”
El testimonio continúa reconociendo Bolívar la inmensidad de su amor por Manuela Sáenz por ser una mujer que “se importó a sí misma” y determinada. Finalmente, escribe De Lacroix que Bolívar hizo silencio, se fue sin despedirse y acongojado y triste balbuceaba: “Manuela, mi amable loca”.
Este incidente ocurre en 1823. Entre las cartas que Bolívar envía a Manuela para conseguir su perdón, se cuenta una del 29 de octubre de ese año escrita desde el Cuartel General de La Magdalena, en Lima, Perú: “Señora Doña Manuela Sáenz Señora:
Mi deseo es que usted no deje a este hombre por tan pequeña e insignificante cosa: Líbreme usted misma de mi pecado, conviniendo conmigo en que hay que superarlo. Vengó ya usted su furia en mi humanidad. ¿Vendrá pronto? Me muero por usted. Su hombre idolatrado, Bolívar” Es sabido que Bolívar entra a Guayaquil en junio de 1822, conoce a Manuela Sáenz y este romance dura hasta su muerte, en 1830. Alrededor de 8 años.
Sus cartas son testimonio de que el amor no se celebra en un día, sino en las apasionadas e inconmensurables solidaridades cotidianas.

Mi adorada Manuela
Pasto, a 13 de octubre de 1826
Mi adorada Manuela:
Recibí tu carta del 29 de septiembre, justamente en el momento más ocupado; ocupación que he dejado de lado por satisfacerme y atender tus dulces palabras, que convierten mi corazón en un reloj desacompasado por la nostalgia. Tú sola me has robado el alma y yo me ocupo sólo de pensar en ti. Nada distrae más mi atención y mis ocupaciones que el interrogante de tu mirada sobre mi amor a ti. ¿Qué diré yo si no te tengo junto a mí? ¡Hagamos juntos un propósito! ¡Que sea a la hora del té, cuando tú te conviertas a mis pensamientos y los míos se vayan con los tuyos! ¿Te gusta? De todas maneras, esta conexión sólo tiene su triunfo en la esperanza que tengo de regresar y de confundirme con tu aliento. Tu amante idolatrado,
Bolívar

Mi Simón, amor mío
(Sin fecha)
Mi genio, mi Simón, amor mío, amor intenso y despiadado. Sólo por la gracia de encontrarnos daría hasta mi último aliento, para entregarme toda a usted con mi amor entero; para saciarnos y amarnos en un beso suyo y mío, sin horarios, sin que importen el día y la noche y sin pasado, porque usted mi Señor es el presente mío, cada día, y porque estoy enamorada, sintiendo en mis carnes el alivio de sus caricias.
Le guardo la primavera de mis senos y el envolvente terciopelo de mi cuerpo (que son suyos).
Su Manuela

YANIRA ALBORNOZ RÍOS/ CIUDAD CCS

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